Teología básica para laicos – 12. El infinito

12. El infinito

En el capítulo anterior hablábamos sobre esas experiencias límite. Seguimos en este bloque de antropología teológica y nuestro interés es mostrar como es el ser humano, porque Dios no viene al ser humano como un agregado, como un barniz, como algo artificial, externo. Si nosotros conocemos al ser humano vamos a ir encontrando que hay en nosotros una disposición a la trascendencia, una disposición al infinito. Podemos decir que hay un espacio que hace posible desde el punto de vista del ser humano la revelación de Dios.

Hay en nosotros un hambre de infinito

Hay en nosotros, los seres humanos, un hambre de infinito, por ejemplo, de conocer más, disfrutar más, poder más.

Las golondrinas o las cigüeñas hacen nidos, pero por lo que sabemos los nidos que hacen las golondrinas son idénticos a los nidos que hacían hace 100 años, hace 500 años, hace 2000 años y hace 5000 años. Hasta cierto punto los animales se parecen a los programas de computación, producen los mismos resultados. Los animales resultan tremendamente eficientes en lograr los objetivos propios de su supervivencia y responder de la mejor manera a los estímulos que tienen que ver con el alimento, con la procreación, con la defensa. En estos son expertos, pero sus actividades, sus trabajos, sus obras son repetición, actúan hasta cierto punto como máquinas complejísimas, pero máquinas que repiten lo mismo.

¿Hemos encontrado alguna vez a una golondrina, por allá en la rama del árbol, pensando cómo diseñar mejor el nido?

Las mejoras que tienen los animales son procesos que involucran a toda la especie, procesos que tienen que ver con estímulos exteriores y procesos que simplemente se repiten de ahí en adelante.

Esos progresos, realmente muy pequeños, que encontramos en las especies animales tienen que ver con circunstancias exteriores, no con una reflexión, no con un pensamiento, no con la captación de un problema.

Nosotros para mejorar nuestras viviendas captamos el problema, conocemos las propiedades de los materiales, y reunimos este conocimiento con lo que sabemos de la construcción y con la necesidad que lo queremos resolver, y de esa manera abordamos el problema. De esta manera hemos pasado desde las cavernas hasta los rascacielos

Hay en nosotros entonces una apertura hacia la verdad, hacia la realidad de las cosas y esa apertura, esa capacidad de descubrir la realidad de las cosas nos invita, nos apremia, casi nos fuerza a conocer más, disfrutar más, poder más.

Es impresionante el poder de la inteligencia humana en la comprensión de los problemas, en la comprensión de los materiales, en la comprensión de sus propias necesidades, pero esa inteligencia parece no tener límites, seguimos buscando.

El ser humano podemos decir en realidad que es un peregrino, va avanzando, va detrás ¿de qué? De esto que decimos aquí, detrás del infinito, detrás de comprender mejor, detrás de disfrutar mejor, detrás de dominar más, poder más sobre la naturaleza y eventualmente también poder más sobre otros seres humanos.

A través de la comprensión real de las causas, de una búsqueda de la realidad de las cosas, de una búsqueda de la verdad vamos avanzando hacía un conocimiento mayor, hacia un disfrute mayor, hacia un poder mayor. Que luego lo sepamos utilizar bien o no es otro tema, pero es un hecho que estamos siempre en búsqueda.

La especie humana está en una permanente búsqueda, vamos avanzando, somos peregrinos del infinito, buscamos siempre una manera mejor y esto se nota en todo, en la tecnología, en el arte, etc.

¿Porque siguen y siguen saliendo melodías, canciones, poesías, esculturas, cuadros? ¿porque el arte no se agota nunca? ¿porque nunca terminamos de expresar la belleza?Porque hay en nosotros un ansia de infinito.

Cuando una canción es muy buena, nos gusta, la oímos 5 veces, la oímos 20 veces, ya nos gusta un poco menos, la oímos 500 veces ya queremos oír otra. Otra canción, otra experiencia, otra verdad, otra belleza, otro, otro…

Somos peregrinos realmente, somos caminantes, estamos necesitando, estamos buscando una verdad que parece más grande que todas las verdades que hemos encontrado y vamos buscando una belleza más grande que toda la belleza que hemos encontrado y vamos buscando un bienestar, una paz, una sensación más perfecta, más estable, más placentera que todo lo que hemos conocido. Quisiéramos encontrar la verdad absoluta, la belleza perfecta, la música suprema, quisiéramos encontrar el bien total.

Esto está en el ser humano y está en todas las culturas y en todos los pueblos. Es parte de nuestra manera de ser, lo llevamos adentro, somos así.

Esta constatación, este descubrimiento de nuestra antropología es bien importante, porque si nosotros descubrimos esa necesidad, si descubrimos esa búsqueda también entenderemos mejor que significa que haya un Dios que se ha mostrado a esos peregrinos, a esos buscadores, a esos caminantes que somos todos nosotros.

El infinito ha cautivado desde siempre la mente humana. Los gatos caminan y corren de noche, pero ¿dónde están los gatos que se queden contemplando a las estrellas en la noche y se maravillen de las distancias infinitas o incluso inventan religiones sobre las estrellas?

Las águilas, las gaviotas vuelan, pero ¿dónde están los escritos, las manifestaciones artísticas en un águila que nos cuente que siente, que mira, que encuentra en el infinito mar?

A las águilas, a las ballenas, a las mariposas o los gatos el infinito no les dice nada, no están hechos para el infinito, les basta con que sus necesidades estén satisfechas. Teniendo su buena comida, teniendo su buen nido, teniendo su problema resuelto está todo hecho, ya no necesitan más.

El ser humano no es así. El ser humano se queda extasiado ante la profundidad de los mares y quiere ir allá.

La fosa más profunda de los mares se encuentran el Océano Pacífico y tiene algo más de 10.000 metros de profundidad. Eso quiere decir que, si nosotros consideramos a todo el monte Everest, el más alto de la tierra, en ese hueco, en esa fosa del Océano Pacífico todavía faltan como alrededor de 2000 metros de agua para llegar a la superficie. Es la fosa más profunda que conocemos y allí estuvo el ser humano a través de una especie de submarino modificado, a través de una cápsula, una esfera de metal que se llamaba Trieste. Alla bajaron un señor Picardi y otro científico de los Estados Unidos. ¿Porque hacen esto? ¿porque el ser humano tiene que explorar?

Porque tiene dentro de sí el ansia de saber, el ansia de trascender necesita ir más allá, es algo que está en nosotros.

Los calamares no tienen eso, los cangrejos no tienen eso, los sapos, los perros no tienen eso. Ningún sapo se pone a diseñar un sistema para ir a un clima que no le convenga, se queda en el clima en el que está, se adapta a las circunstancias. En cambio, el hombre crea circunstancias, transforma las circunstancias, explora las circunstancias, se sumerge en su ambiente incluso arriesgando la vida.

Las señales del infinito nos cautivan

Hay señales del infinito que nos han cautivado desde siempre: las distancias inmensas, las extensiones vacías, los tiempos gigantescos, la complejidad de la materia, la variedad de las especies, la rudeza de los obstáculos, la perfección de una obra maestra. Todas estas señales del infinito que nos han cautivado y todas estas cosas tienen que ver con lo que es propio de la naturaleza humana.

Es famosa la frase que utilizó como respuesta un alpinista. le preguntaban ¿usted porque sube esas montañas? ¿porque se somete a todos esos peligros? ¿Por qué invierte tanto dinero? ¿porque pone a prueba su salud en una escalada tan difícil? El hombre respondía ¿qué porque subo las montañas? porque están ahí, porque son un reto, porque son una dificultad, porque ponen a prueba lo que somos y lo que podemos, porque hablan del infinito, porque parece imposible remontarla, porque es difícil.

El ser humano trata de hacer posible su vida y su exploración en el mar, en el cosmos vacío, en la luna, en Marte, en la montaña. Parece que tuviéramos dentro un “no sé qué” y eso es lo que llamamos hambre de infinito, no tiene otro nombre.

¿Para que nosotros nos sometemos a eso? ¿para qué vamos a la luna? ¿para qué nos sumergimos en un hueco tremendo allá del Océano Pacífico? ¿para qué hacemos estas cosas? ¿para lograr dinero? ¿para lograr minerales? ¿para lograr nuevos alimentos? No, es que necesitamos explorar, es que necesitamos palpar el infinito.

Esto no lo hacen los animales. el animal cuando tiene un entorno ya con eso está satisfecho, con eso está contento, no necesita más.

En cambio, nosotros teniendo las condiciones resueltas para la supervivencia nos seguimos preguntando ¿cómo es el mundo?, e intentamos explorar quiénes somos nosotros frente a ese mundo.

Por eso nos interesan los tiempos gigantescos, cuando nos dicen que los dinosaurios vivieron más o menos hace entre 350 y 65 millones de años por dar algunas cifras aproximadas nos quedamos extasiados, quedamos maravillados de pensar en semejante extensión de tiempo, teniendo en cuenta que el ser humano como lo conocemos dicen algunos tendrá 1 millón de años, pero la mayor parte no le dan más de 300.000 años y más o menos en el estilo en la manera como nosotros obramos como ser humano no tendrá más de 50.000 años y las civilizaciones empezaron hace unos 10.000 años. Es decir, somos de ayer comparados con estos tiempos gigantescos del universo, de la tierra y de las especies que existen en el mundo. Pero nos interesan esos tiempos, nos interesa que sucedió hace 300 millones de años. Es algo propio nuestro porque el hambre de infinito es una característica que está en el ser humano

Estamos hechos para el infinito

Si siempre estamos buscando, si siempre queremos conocer más, disfrutar más, poder más, si estamos siempre en esa búsqueda, ¿que está indicando eso? Que ninguna criatura, ninguna cosa creada, ninguna cosa finita nos puede llenar.

Si tenemos en nosotros un hambre de infinito, como acabamos de ver, quiere decir que de alguna manera estamos hechos para el infinito.

Este dato antropológico es bien importante y es fundamental para que nosotros sepamos valorar qué quiere decir eso de que Dios se haya revelado.

Tres afirmaciones

1- Mientras que los animales tienen límites preestablecidos y hacen las cosas del mismo modo siglo tras siglo, hay en nosotros los seres humanos un hambre de infinito: conocer más, disfrutar más, poder más

2- Hay señales del infinito que nos han cautivado desde siempre: las distancias inmensas, las extensiones vacías, los tiempos gigantescos, la complejidad de la materia, la variedad de las especies, la rudeza de los obstáculos, la perfección de una obra maestra.

3- El hambre de infinito es otro capítulo de la disposición humana para trascender. Es también un indicativo de que nada finito, ni ninguna criatura nos puede llenar completamente.

 

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